Los test de intolerancia alimentaria, como los de lactosa o fructosa, evalúan problemas digestivos concretos y medibles, normalmente debidos a un déficit enzimático o dificultad de absorción. Son pruebas estandarizadas y ampliamente aceptadas en el ámbito médico. Por otro lado, los test de sensibilidad alimentaria, como los de tipo ALCAT o A200, se basan en la detección de reacciones inespecíficas del organismo frente a determinados alimentos, relacionadas con procesos inflamatorios o respuestas inmunitarias leves. Estos test no cuentan con el mismo grado de consenso científico ni están tan validados como los de intolerancia digestiva.